En este artículo vamos a examinar la vida y obra de Víktor Schauberger, un hombre leído pero sin educación formal, que pasó la mayor parte de su vida observando y aprendiendo de la naturaleza. Sus puntos de vista y sus aplicaciones son tan bellas en su simplicidad y tan armoniosas con la naturaleza, que su trabajo e ideas merecen un reconocimiento sin duda mayor. De hecho, nuestro planeta está pidiendo a gritos más invenciones basadas en la biotecnología, como las ideadas por Schauberger, y que se conviertan en la norma de nuestra economía industrial.
Viktor Schauberger nació el 30 de junio de 1885 en Austria, en una familia de guardas forestales, que se venían dedicando a la profesión desde hace más de 400 años, y descendiente de una familia de aristócratas y terratenientes alemanes que se remonta al 1230 dC, año en que perdieron sus posesiones en Alemania. Viktor fue feliz de poder continuar la tradición familiar, llegando a escribir: “desde mi más tierna infancia, mi mayor deseo siempre fue llegar a ser un guarda forestal como mi padre, mi abuelo, mi bisabuelo y mi tatarabuelo” (p. 18 Agua Viva, por Olof Alesandersson). De niño mostró un gran interés por todo lo que tuviera que ver con la naturaleza. Se pegaba todo el día en el bosque, alrededor del lago Plockenstein, en el que apenas se dejaba sentir la presencia humana. A partir de sus experiencias infantiles, Viktor aprendió a confiar en sus observaciones y en su intuición, como lo habían hecho antes su padre y su abuelo. De ellos aprendió que el agua produce, en las zonas sombrías de las montañas, la mayor riqueza de plantas y vegetación, y que los campos regados durante la noche por esta agua producen mejores cosechas que las praderas y campos vecinos. Sus trabajos de adulto estuvieron encaminados a comprender la importancia de las propiedades del agua e idear diversos métodos y técnicas para promover y mantener el agua en su óptimo nivel de pureza y vitalidad.
Su conocimiento de las propiedades del agua aportó sin duda importantes beneficios ecológicos y económicos. Durante el invierno de 1918, una serie de tormentas habían derribado muchos árboles en las laderas de las montañas, mientras que más abajo, en el valle, el pueblo de Linz estaba sufriendo una enorme falta de combustible. Todos los hombres y animales se habían ido a la guerra y no había manera de transportar la madera hasta el pueblo. Sin embargo, Viktor fue capaz de traer los troncos de los árboles caídos utilizando para ello una pequeña corriente de agua que discurría por un estrecho cañón. Viktor se había percatado de que el barro de las orillas, que se acumulaba tras un aumento en el flujo de agua como consecuencia del deshielo, se disolvía durante las noches claras y frías, cuando la temperatura del agua alcanzaba sus mínimos.
Utilizando este conocimiento, Viktor esperó a que la corriente de agua fuera lo más fuerte posible, lo que ocurría en días de luna llena, durante las primeras horas de la mañana. Hizo que toda la madera caída se lanzara al agua en el momento oportuno y, en una noche, 1600 metros cúbicos de madera bajaron ladera abajo hasta alcanzar una balsa que se había construido en el valle.